Vivimos en el mundo de la inmediatez y la comodidad, donde existe una competencia titánica por atraer nuestra atención.
Nos invitan, de una forma muy sutil, a tomar decisiones de todo tipo en tiempo real. Se ha normalizado mantener varias conversaciones a la vez, no terminar ninguna y, lo que es peor, dejar colgadas a las personas más cercanas.
De la misma manera, la dinámica de cualquier canal de comunicación, sobre todo a nivel grupal, te obliga a eternizar las expresiones de despedida, aunque solo sea por educación, siendo, con frecuencia, la antesala de la verdadera dificultad que tenemos para poner punto final a una conversación.
Esta sobrecarga de información nos hace cambiar constantemente el foco de nuestra atención y sobrecarga nuestra capacidad cognitiva. Su repercusión en nuestro día a día se traduce en confusión, pérdida de control y un procesamiento poco eficaz de la información, incluso en un aumento de los síntomas depresivos.
Esto último se acentúa cuando nuestros mensajes no obtienen respuesta o esta no satisface nuestra necesidad de inmediatez.
Cuando asumimos el ruido, vamos olvidando progresivamente nuestra identidad y autenticidad, comenzando a ser portadores de máscaras inconsecuentes y adoptando un comportamiento cada vez más asocial. Mostramos dificultades para entablar una conversación en la cotidianidad y elegimos pasar más tiempo frente a cualquier pantalla, tanto en el plano profesional como en el personal. Elegimos quedarnos en casa y pagar por una película en vez de ir al cine, o pedir comida en vez de salir a comer fuera.
La consecuencia es una sociedad egocéntrica, donde lo extraordinario es ayudar a alguien que se sale del círculo familiar cercano.
En definitiva, asistimos a un cambio en las formas tradicionales de socialización que nos lleva a un creciente aislamiento voluntario y sigiloso, cuyo resultado es el aumento de factores preocupantes, como la tasa de soltería, en muchos casos no deseada, o la dificultad para materializar el deseo de ser padres, disminuyendo así los índices de natalidad.
Hay una película, en clave de comedia: No puedo vivir sin ti, donde el protagonista muestra un patrón conductual adictivo con su teléfono móvil y como esa relación afecta a su relación personal.
¿Qué podemos hacer?
Cambiar nuestra relación con los dispositivos, minimizar aquellas aplicaciones que no suman, como las redes sociales, y reducir todo lo superficial de nuestra vida hasta, desde la conciencia, eliminar ambas cosas.
Sacar el máximo rédito de aquellas herramientas que sí nos nutren, sin perder de vista el control que siempre debemos ejercer sobre ellas.
Tener espacios físicos libres de estos dispositivos y establecer tiempos de desconexión, sobre todo cuando preparamos el necesario descanso nocturno.
Por último, una herramienta conocida por todos y que tiene mala prensa: la lentitud. Despacio significa anteponer la calidad a la cantidad, saborear el aquí y ahora estando presentes y practicar el dolce far niente.
Sacar la mejor versión de ti desde la lucidez y no desde el hacer por hacer… es posible.
Foto de Jonas Leupe en Unsplash