Desde pequeños, nuestros padres, con todo su amor y también con no menos desconocimiento, nos imponen ser buenos, con un matiz claro de obediencia. Su base parte de una inconsciencia sana y de un patrón ya aprendido que repiten, a su vez, de sus padres.
Sus razones pueden ser varias y van desde hacer posible el control y el poder sobre nosotros hasta convertirnos en una «persona de provecho», pensando así que es la herramienta adecuada para educarnos, pero también ignorando el dolor que nos produce haber tenido que encajar en ese molde sin respetar nuestra esencia.
Las consecuencias, totalmente evitables, nos restan en nuestra vida personal y social y nos generan conflictos por nuestra dificultad para desobedecer y no cumplir con las expectativas ajenas, lo que se traduce en angustia por el miedo a ser rechazados y no amados.
Por definición, ser bueno es una virtud genuina que actúa con responsabilidad e integridad y busca el bien común sin necesidad de reconocimiento. Cuando hablamos de buenismo, nos referimos a una actitud complaciente que solo busca seguir patrones aprendidos en la infancia y evitar el conflicto, porque elude tomar decisiones impopulares y enfrentar realidades difíciles, mostrando una benevolencia excesiva.
Hay un libro, «El problema de ser demasiado bueno», de Xavier Guix, que profundiza en esta cuestión y diferencia e introduce el concepto de mala bondad, asimilándolo al ser buenista: ese que lleva la complacencia hasta el extremo de anteponer las necesidades ajenas y perjudicarse a sí mismo.
Todo un regalo para tu autoconocimiento porque, como dice el propio autor: «Lo que buscas, ya lo eres. Solo tienes que ir a su encuentro».
Y tú… ¿vas a dejar de ser bueno para hacer-te el bien?
Foto de Land O’Lakes, Inc. en Unsplash