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¿A quién le desagrada que reconozcan sus méritos profesionales, su estilo de vestir o simplemente las tareas domésticas que desarrolla en la cotidianidad?

El ser humano necesita sentirse valorado. Desde pequeños, los niños y las niñas buscan señales de sus progenitores que confirmen que son importantes para ellos. Una palabra de ánimo, una felicitación por un logro o una muestra de afecto contribuyen a construir la imagen que cada individuo desarrolla sobre sí mismo.

Este proceso, que recibe el nombre de reconocimiento personal, constituye un elemento fundamental para el bienestar psicológico y emocional, cubre el principio básico de pertenencia social y nos dota de la neutralidad necesaria en nuestras interrelaciones sociales. Además, implica la capacidad de reconocer las propias cualidades, aceptar las limitaciones y valorar los esfuerzos realizados.

Si lo trasladamos al día a día, el individuo tiene una mirada interior orientada a la autoaceptación y una exterior dirigida a la validación de cada cosa que uno hace o dice.

El individuo que posee una autoestima saneada percibe el reconocimiento como algo que le aporta y le suma sin que suponga más valor que el propio, en una combinación equilibrada entre ambas miradas. La dificultad surge cuando priorizamos la segunda sobre la primera, hasta el punto de tener un vínculo de dependencia.

Se confunde el ser con el tener o el hacer, creando un vacío vertiginoso cuando ya no se tiene o se deja de hacer aquello que nos aportaba valor.

Al hilo de este último párrafo, hay un libro de Erich Fromm: “Del tener al ser”, donde el autor nos comparte la siguiente reflexión: “si soy lo que tengo, y lo que tengo, lo pierdo… entonces, ¿quién soy?”

¿Qué puedo hacer si dependo del reconocimiento? Evitar las comparaciones, aprender a respetarme, darme el permiso para premiarme, practicar la autocompasión y tirar de un arma que nunca falla: el amor propio.

¿Cómo puedo relacionarme de una forma equilibrada? Colocando el foco en el valor que le doy al esfuerzo y al proceso por encima de los resultados.

En la práctica diaria, al finalizar una actividad pregúntate: ¿qué me gusta de lo que hice? ¿qué mejoraría? ¿qué aprendí? ¿estoy satisfecho con mi nivel de esfuerzo? Eludiendo preguntar inmediatamente qué les ha parecido a los demás y escuchando opiniones externas si lo consideras útil.

No olvides nunca que lo externo siempre… es una opinión, lo interno, es lo que mayor valor… tiene.

Foto de Lei Hwang en Unsplash

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