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Pasamos una parte importante de nuestra vida trabajando. Y, aunque muchas veces hablamos de horarios, salarios u objetivos, hay algo que influye silenciosamente en todo lo demás: el ambiente en el que trabajamos.

El ambiente laboral no es un elemento accesorio de una organización. Forma parte de nuestra experiencia cotidiana y tiene un impacto directo en cómo nos sentimos, relacionamos y afrontamos lo que hacemos.

No es lo mismo llegar cada mañana a un trabajo donde te sientes tranquilo y sabes que puedes confiar en las personas que te rodean, que hacerlo en un lugar donde existe tensión y tienes que estar constantemente a la defensiva. Tampoco es lo mismo cometer un error sabiendo que puedes hablar de él y buscar una solución, que sentir que cualquier equivocación puede convertirse en un motivo de crítica o reproche. Y, por supuesto, no es igual trabajar con compañeros que se escuchan, se ayudan y se respetan que hacerlo en un entorno donde todos sienten que tienen que competir entre sí.

Y ahí diferenciamos entre el buen ambiente y aquel que no te suma.

Un buen ambiente no significa que todos estén siempre de acuerdo. Tampoco significa que nunca existan conflictos, diferencias o momentos de tensión. Un equipo sano no es aquel en el que nadie discrepa, es aquel en el que se puede discrepar sin destruir la relación. Suele construirse sobre elementos como la confianza, el respeto, la comunicación, la posibilidad de pedir ayuda, el reconocimiento y unos límites claros.

Desde la psicología organizacional sabemos que las relaciones laborales influyen en aspectos como el estrés percibido, la satisfacción laboral, la motivación y el compromiso.

Cuando una persona siente que puede expresarse sin temor constante, preguntar cuando no sabe algo o reconocer un error sin sentirse humillada, dispone de mejores condiciones para aprender y colaborar. Podríamos llamarlo seguridad psicológica.

Y existe una idea especialmente importante: sentirse seguro no significa sentirse cómodo todo el tiempo. A veces una conversación difícil puede ser saludable. Un desacuerdo puede ser necesario. Una crítica bien formulada puede ayudarnos a crecer. La cuestión no es eliminar toda incomodidad, es evitar que la incomodidad se convierta en miedo permanente.

Cuando el ambiente es malo, sus consecuencias empiezan a ocupar espacio fuera de la jornada laboral y aparece una dinámica peligrosa: llegamos a casa irritados, le damos vueltas a lo ocurrido y dormimos peor.

El problema no es únicamente que exista una persona difícil. En ocasiones el problema es sistémico: una comunicación deficiente, falta de reconocimiento, exceso de presión o liderazgos autoritarios o ausentes.

Empecemos en primera persona: observemos nuestra forma de hablar, la manera de escuchar, nuestra tolerancia a la frustración, nuestra capacidad de poner límites, de gestionar el conflicto, así como nuestros prejuicios, inseguridades, necesidad de reconocimiento y forma de reaccionar cuando nos sintamos amenazados.

Y ahí ganamos dos cosas: autoconocimiento y la posibilidad, sin saberlo, de darnos cuenta de que a veces sin ninguna intención, contribuimos a ese ambiente que después nos hace sentir mal. 

Una palabra puede abrir una conversación, otra puede cerrarla. Una mirada puede generar confianza, otra puede generar miedo. No es lo mismo decir: ¿cómo podemos solucionarlo? que “esto es culpa tuya”. Las dos frases hablan de un problema, pero la primera busca una solución y la segunda un culpable.

Entonces, ¿qué hacemos cuando el ambiente de trabajo no es bueno? Muchos eligen el clásico: tengo que aguantar. Otros optan por: tengo que marcharme inmediatamente. Y la realidad es que entre ambos existe un espacio en el que podemos intentar comprender qué está pasando y qué podemos hacer.

La primera propuesta sería: que está en mi mano modificar. Por ejemplo: no puedes elegir la personalidad de tu jefe, pero puedes trabajar tu manera de poner límites.

La segunda, hablar antes de acumular. Muchos conflictos laborales se complican porque nadie habla cuando todavía existe margen para reparar. Y aquí es muy saludable hacer uso de la asertividad:  expresar lo que pensamos o necesitamos con claridad, pero sin atacar al otro.

La tercera y quizá la más importante: aprender a adaptarnos sin resignarnos. Nos han enseñado a adaptarnos, es necesario y todos necesitamos hacerlo porque ningún trabajo, ninguna organización y ninguna relación va a ajustarse completamente a nuestras expectativas.

Pero hay una diferencia enorme entre: adaptarse y resignarse. Adaptarse significa comprender la realidad y buscar la mejor manera posible de desenvolverse dentro de ella. Resignarse significa convencerse de que no existe ninguna posibilidad de actuar.

Una persona adaptada puede pensar: este entorno no es como me gustaría, pero voy a decidir cómo quiero comportarme dentro de él. Una persona resignada piensa: aquí no puedo hacer nada. La primera posición nos devuelve capacidad de actuación. La segunda nos deja sin ella. Por eso, siempre que sea posible, merece la pena apostar por la primera, poniendo límites y haciéndole ver a la otra persona: dónde terminamos nosotros y dónde empieza él. Hagamos uso de expresiones del tipo: esto no me parece adecuado, necesito que me hables de otra manera, no puedo asumir esta tarea en estas condiciones, necesito que concretemos las responsabilidades o, si existe un problema con mi trabajo, prefiero que lo hablemos directamente.

Por qué un límite bien expresado no es una agresión, es información. Le estamos diciendo al otro qué necesitamos y qué no estamos dispuestos a aceptar. Y eso, también es una forma de autocuidado.

La cuarta y última: saber cuándo la situación ha ido demasiado lejos. Si existen conductas graves y continuadas como acoso, discriminación, amenazas, humillaciones continuadas o vulneración de derechos, es importante pedir ayuda, buscar apoyo, documentar lo que ocurre cuando sea apropiado, utilizar los canales internos disponibles y, si es necesario, recurrir a asesoramiento profesional o a las vías formales correspondientes.

Por qué adaptarse nunca debería significar aceptar el daño como algo… inevitable.

Para los cinéfilos la sugerencia es el becario, protagonizada por Robert de Niro, donde se evidencia que un buen ambiente laboral no aparece porque todos sean iguales, sino porque somos capaces de reconocer lo que cada persona puede aportar.

Para los amantes de la lectura, Clima y ambiente organizacional, de Jesús Felipe Uribe Prado. Una lectura interesante para comprender cómo las condiciones del trabajo, las relaciones, el liderazgo y la propia organización pueden influir en nuestro bienestar psicológico.

Foto de Vitaly Gariev en Unsplash

 

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