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Hay personas que nos caen mal de inmediato. Apenas las conocemos. No han hecho nada especialmente grave. Sin embargo, algo en ellas nos irrita: su manera de hablar, su seguridad, su necesidad de agradar, su forma de ocupar espacio, su silencio, su manera de mirarnos o simplemente, hay algo que no sabemos explicar.

También ocurre lo contrario. Hay personas que nos inspiran porque reconocemos en ellas algo que valoramos y quizá todavía no nos permitimos desarrollar: serenidad, valentía, capacidad para poner límites o simplemente para disfrutar. Nos sentimos cómodos desde el primer momento, nos resultan familiares, confiamos, nos identificamos y nos recuerdan quien podríamos llegar a ser. Además, tienen la capacidad de devolverte la mejor imagen de ti.

En psicología se habla con frecuencia del efecto espejo para referirse a esos procesos mediante los cuales determinadas características, emociones o comportamientos de otras personas despiertan en nosotros respuestas relacionadas con nuestra propia experiencia.

Esto no significa que todo lo que te molesta de los demás lo tienes tú. A veces, sencillamente, el otro está haciendo algo que no nos gusta. Y eso, nos proporciona información. Si alguien nos trata mal, nuestra incomodidad no es una proyección, así como si alguien es arrogante, que nos moleste su arrogancia no significa que seamos arrogantes.

El espejo psicológico es más interesante que eso porque nos ayuda a observar qué ocurre en nosotros cuando el otro aparece. Por eso, cuando alguien nos provoca una reacción especialmente intensa, puede resultar útil detenernos antes de emitir un juicio. No para invalidarlo sino para investigarlo.

Por otro lado, nuestra percepción no es una cámara objetiva: interpretamos, seleccionamos y comparamos. Cada uno contempla la realidad desde un enfoque propio, elegido muchas veces de forma inconsciente. Por eso, aquello que vemos no depende únicamente de lo que tenemos delante, sino también de la mirada con la que decidimos observarlo.

Esto tiene relación con procesos psicológicos bien estudiados, como la percepción selectiva, los sesgos cognitivos y la atribución: tendemos a interpretar la conducta de los demás utilizando nuestras propias expectativas, creencias y experiencias como marco de referencia.

A veces el espejo muestra una parte que no queremos mirar pudiendo atribuir a otras personas emociones, deseos o características que nos resulta difícil reconocer en nosotros mismos. Por ejemplo: juzgamos con especial dureza la necesidad de reconocimiento de alguien porque nosotros mismos tenemos dificultades para aceptar cuánto necesitamos ser reconocidos. O nos irrita profundamente alguien que se muestra vulnerable porque nosotros hemos aprendido, que mostrar vulnerabilidad, es peligroso. El otro no ha creado necesariamente esa herida. Simplemente ha tocado un lugar que ya estaba ahí.

Sin embargo, son las relaciones el lugar donde más claramente aparecen estos mecanismos, ya que el otro nos devuelve constantemente información: nos acerca, nos distancia, nos valida, nos contradice, nos desafía y nos pone límites.

Y nosotros respondemos desde nuestra historia. De ahí que una misma conducta pueda despertar respuestas completamente diferentes en distintas personas: alguien que se distancia puede activar abandono en una persona, libertad en otra y enfado en una tercera. El hecho es el mismo. La experiencia psicológica no.

Y ahí encontramos algo fundamental: no reaccionamos solamente ante las personas, reaccionamos ante lo que esas personas significan para nosotros. No olvidemos que la reacción es, ante todo, emocional. Frente a ella, la respuesta pasa por detenernos, tomar distancia y acoger un prisma más objetivo.

Para mis seguidores lectores, la sugerencia de esta temática es: el hombre duplicado de José Saramago, una obra que te permite llevar el efecto espejo desde la apariencia hacia la identidad.

Para los cinéfilos: La sustancia protagonizada por Demi Moore, nos plantea el conflicto entre quien soy y quien debería ser, en una lucha entre dos cuerpos.

Quizá la relación que podamos establecer con nuestro propio “espejo” comience con la capacidad de preguntarnos: ¿Cuánto de la imagen que tenemos de nosotros mismos nos pertenece realmente y cuánto ha ido construyéndose a partir de la mirada de los demás?

O formulado de otra manera: ¿Qué parte de lo que siento pertenece a lo que está ocurriendo realmente y qué parte pertenece a la historia que estoy construyendo alrededor de lo que ocurre?

Foto de omid armin en Unsplash

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