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Hay algo profundamente paradójico en las relaciones de pareja: probablemente pocas personas comienzan una relación pensando que algún día tendrán que aprender a convivir con las diferencias, las decepciones, los silencios o las heridas del otro.

Al principio parece sencillo. Dos personas se encuentran. Se reconocen. Se gustan. Se eligen. Y durante un tiempo, quizá demasiado breve, tenemos la sensación de que hemos encontrado a alguien que nos escucha, que nos mira de una manera diferente, que parece comprender incluso aquello que nosotros mismos todavía no sabemos explicar.

Entonces pensamos que hemos encontrado el amor. Y probablemente sea cierto. Lo que todavía no sabemos es que encontrar el amor no significa saber amar. Porque una relación de pareja no está formada únicamente por dos personas que se quieren. Está formada por dos historias, dos maneras de entender el mundo, dos educaciones emocionales, dos formas de protegerse, dos sistemas de creencias y, en muchas ocasiones, dos heridas que no siempre conocemos.

Nos enamoramos de una persona, pero también, nos encontramos con todo aquello que esa persona ha aprendido, para sobrevivir. Y ahí comienza la verdadera dificultad. 

Durante el enamoramiento solemos mirar al otro desde un lugar extraordinariamente generoso. Sus pequeñas rarezas nos parecen entrañables. Sus diferencias nos resultan atractivas. Aquello que en otro momento podría molestarnos se convierte, curiosamente, en parte de su encanto. Pero el tiempo tiene la costumbre de retirar los filtros y de repente aparece la persona que realmente es.

Y así un día descubrimos que aquella persona que tanto admirábamos también tiene miedo, necesita reconocimiento, puede ser insegura, se enfada, se distancia cuando algo le duele, necesita controlar, no sabe pedir ayuda, quizás aprendió a callar cuando algo le molestaba o, por el contrario, aprendió a defenderse atacando.

Aquí muchas parejas comienzan a deteriorarse. No necesariamente porque haya dejado de existir el amor, sino porque empiezan a confundirse dos cosas diferentes: aceptar al otro y esperar que el otro cambie para que podamos sentirnos bien. 

Y caemos en la trampa: esperamos que nuestra pareja nos comprenda sin tener que explicarnos, intuya qué nos ha molestado, sepa cuándo necesitamos un abrazo, recuerde aquello que para nosotros era importante, reaccione como nosotros reaccionaríamos y, nos dé aquello que quizá nunca aprendimos a pedir, convirtiendo la relación en una especie de examen permanente: si me quiere, debería saberlo, si me conociera de verdad, no haría esto y si realmente le importara, se daría cuenta.

La realidad es que el amor no convierte a nadie en adivino y tampoco transforma automáticamente nuestras necesidades en responsabilidades del otro. A veces esperamos de nuestra pareja algo que nosotros mismos todavía no sabemos ofrecernos: queremos que nos valore, pero no nos valoramos, necesitamos que nos dé seguridad, pero vivimos llenos de inseguridad, pedimos libertad, pero queremos controlar sus movimientos y reclamamos comunicación, pero nos cerramos cuando la conversación toca aquello que verdaderamente nos duele.

Y quizá uno de los mayores desafíos de una relación consiste precisamente en descubrir qué parte de lo que reclamamos al otro es nuestro y lo estamos proyectando en la pareja. 

¿Qué podemos hacer? Tenemos que partir de la base que la pareja no debería ser el lugar donde dejamos de ser nosotros mismos porque renunciamos a nuestra individualidad. Cada componente de la pareja necesita su propio espacio, sus amistades, sus silencios, sus intereses y también sus momentos de soledad.

Así que, empecemos: trabajando nuestra mochila emocional haciéndonos responsables de nuestras heridas y dejando de  proyectarla en la pareja; tomando conciencia de la existencia o no de un vínculo de dependencia y si así fuera, subsanándolo y haciendo crecer nuestro espacio personal para irlo soltando de una manera saludable; poniendo límites, verbalizando lo que puedo aceptar y lo que no puedo en nuestra relación; confrontando juntos el problema para dejar de enfrentarnos el uno al otro y cuidar así el vínculo que nos une, dejando a un lado el tener razón; pidiendo perdón sin añadir un “pero” porque inmediatamente vuelvo a repartir responsabilidades y anulo la reparación; y, quizás lo más importante… seguir eligiendo al otro sin dejar de elegirnos a nosotros mismos.

Para finalizar, tengamos presente que una relación saludable no consiste en encontrar a alguien que nos complete, así como una relación sin conflictos no necesariamente es una relación sana, simplemente puede ser una pareja que ha dejado de encontrarse.

Para los amantes de la gran pantalla mi propuesta sería: Historia de un matrimonio, donde una pareja en la resolución de sus conflictos pasa de “un nosotros” a “tú contra mí”. Para los más lectores, sin duda: El buen amor en la pareja, de Joan Garriga, donde el autor plantea diferentes maneras en que dos personas pueden construir su propia forma de estar juntas.

Para mí, y así comparto algo personal, la relación de pareja ha supuesto, seguir sumando en mi proceso de autoconocimiento, mostrándome partes de mí que probablemente no aparecerían… viviendo solo. 

Foto de Vitaly Gariev en Unsplash

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