Hablar de la muerte no es fácil. Todos sabemos que algún día moriremos, pero son pocas las veces que nos detenemos a reflexionar sobre lo que realmente significa. Es un tema incómodo que solemos apartar de nuestra vida cotidiana, como si mantenerlo al margen de nuestros pensamientos pudiera hacerlo menos real. Hablamos de ella, la tememos, intentamos racionalizarla o, simplemente, la evitamos. Sin embargo, enfrentarnos a la muerte no consiste únicamente en aceptar que algún día dejaremos de existir; también implica afrontar la pérdida de las personas que amamos, la incertidumbre ante lo desconocido, el dolor de la separación y la conciencia de que nuestra propia vida, tiene un límite.
Desde la psicología, la relación con la muerte puede entenderse como un proceso complejo en el que intervienen nuestras emociones, pensamientos, experiencias, vínculos afectivos, personalidad, cultura y creencias. No existe una única manera de afrontar la muerte, porque cada persona, construye su propia respuesta ante ella en base a su mochila emocional, lo que le permite darse cuenta del lugar que ocupa en su manera de entender la vida.
Ser conscientes de nuestra propia mortalidad puede despertar ansiedad, y nuestra mente encuentra distintas formas de mantenerla a distancia. Nos refugiamos en las obligaciones cotidianas, en proyectos que nos ilusionan, en nuestros vínculos o en planes de futuro que nos ofrecen una sensación de estabilidad y continuidad. Sin darnos cuenta, mantenemos nuestra atención en aquello que nos permite seguir adelante, alejándola de un pensamiento que nos recuerda que nuestra existencia tiene un final.
Pero hay momentos en los que esa distancia se rompe. La pérdida de un ser querido, una enfermedad grave, un accidente, el envejecimiento o cualquier experiencia que nos confronte directamente con nuestra fragilidad pueden hacer que la conciencia de nuestra mortalidad adquiera una presencia mucho más intensa. De repente, aquello que habitualmente permanece en un segundo plano se sitúa frente a nosotros y nos obliga a mirar de cerca una realidad que preferiríamos mantener alejada.
Por otro lado, esa conciencia de la muerte tiene un matiz positivo porque nos lleva a pedir perdón, al agradecimiento de lo vivido y compartido, a dejar de procrastinar lo que sabes que es importante y a darle valor a esas personas, cercanas o no, que de una manera u otra te han sumado en tu vida.
Ante la muerte, una de las emociones que puede emerger con mayor intensidad es el miedo. No se trata únicamente del temor a dejar de existir, ya sea acompañados o en soledad, sino también del miedo al dolor y al sufrimiento, a perder el control o la autonomía, y a enfrentarnos a aquello que desconocemos.
Conviene recordar que el miedo no es necesariamente algo negativo. Cuando aprendemos a mirarlo y a escucharlo, puede convertirse en un aliado: nos prepara para responder ante aquello que percibimos como una amenaza, nos recuerda nuestra vulnerabilidad y nos ayuda a proteger aquello que verdaderamente valoramos. Quizás por eso, más que intentar apartarlo, merece la pena preguntarnos qué hay detrás de él. Comprender de qué tenemos miedo puede ser el primer paso para relacionarnos con la muerte de una manera más consciente, serena y saludable.
El proceso psicológico de adaptación ante la muerte es el duelo, no solo por la ausencia definitiva de una persona sino por la pérdida de una relación, una rutina, proyectos compartidos y una parte del mundo tal y como lo conocíamos. En el duelo pueden emerger sentimientos muy diversos y, en ocasiones, contradictorios como tristeza, rabia, culpa, ansiedad, soledad, confusión, nostalgia o incluso… alivio.
El duelo implica aprender a vivir con la ausencia, integrar lo ocurrido en nuestra historia y encontrar una nueva manera de mantener el vínculo con esa persona a través de los recuerdos, los valores, las experiencias compartidas o aquello que dejó en nosotros. No significa olvidar ni dejar atrás a quien ha muerto, sino incorporar su ausencia a nuestra vida y reconstruir, poco a poco, una nueva manera de estar en el mundo.
Para mis seguidores lectores la propuesta es el hombre en busca de sentido de Viktor Frankl, una obra en la que el autor además de abordar el sufrimiento y la muerte, tema que nos ocupa, aborda cuestiones fundamentales como la supervivencia y sentido de la existencia.
Para los cinéfilos, Coco ofrece, desde el género de la animación, una mirada sensible y profunda sobre la muerte, el duelo y la memoria, invitándonos a reflexionar sobre la manera en que mantenemos vivo el vínculo con quienes ya no están.
Y ahora qué sabes que tu tiempo es limitado, ¿cómo quieres vivirlo? Quizás, a partir de ahora, elijas conectar con tu esencia, buscar tu autenticidad, revisar tus prioridades y aprender a disfrutar del momento presente de una manera diferente… más consciente y plena.
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