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Hay una parte de nosotros que empezó a existir mucho antes de que pudiéramos elegir quién queríamos ser, en un lugar muy concreto: nuestra familia. Ahí, aprendimos a mirar, escuchar, esperar, a acercarnos y alejarnos, a pedir y a callar, a querer, pero sobre todo a algo más profundo: a pertenecer. Concretamente, a que teníamos que hacer para poder pertenecer, porque para un niño, la pertenencia no es una opción, es una necesidad.

Por otro lado, nacimos en una familia que no elegimos. Y durante muchos años tampoco tuvimos la posibilidad de cuestionarla. Ese fue nuestro primer mundo. Allí asimilamos qué era el amor, el miedo, qué significaba estar enfadado o qué había que hacer para que nos miraran.

Nadie tuvo que sentarse con nosotros para explicárnoslo. Lo interiorizamos mirando. Y cuando acontece en la infancia, no siempre se queda en la cabeza, se queda en el cuerpo, en la forma de respirar y en la manera de acercarnos a alguien.

Nuestra primera escuela fue nuestra casa. Allí integramos qué significaba ser hombre o mujer, cómo se expresaba la tristeza, qué ocurría cuando alguien se enfadaba, cómo se resolvían los conflictos, qué lugar ocupaban los mayores y cual los pequeños, quién cuidaba y quién mandaba, quién cedía y quién callaba, quién era fuerte y quién necesitaba ser protegido.

Y también incorporamos lo que no se decía: los silencios, los secretos, las pérdidas, las ausencias, las historias de las que nadie hablaba. Todo eso también educa y, por tanto, deja huella.

La mirada sistémica añade otra pieza fundamental. No somos individuos aislados. Somos parte de sistemas. Y la familia es nuestro primer sistema. Dentro de ella ocupamos un lugar. Desempeñamos funciones. Creamos vínculos. Desarrollamos lealtades. A veces asumimos responsabilidades que no corresponden a un niño. A veces intentamos compensar aquello que falta. A veces nos convertimos en mediadores, cuidadores, salvadores, en el hijo perfecto, en el rebelde o en el que nunca necesita nada.

Pero, un hijo es un hijo. No es el terapeuta de sus padres. No es su pareja emocional. No es responsable de reparar su matrimonio. No tiene que salvarlos. No tiene que ocupar el lugar de un adulto. No tiene que cargar con aquello que los adultos no pudieron resolver. 

Y esos papeles pueden acompañarnos durante décadas. Hasta que un día descubrimos que seguimos siendo aquel niño que intenta mantener unido algo que ya no necesita que lo mantengamos unido.

Con esa mochila emocional, como a mí me gusta definirlo, llegamos a la edad adulta, salimos de casa, construimos nuestra propia vida, nos casamos, tenemos hijos y creemos, que todo aquello quedó atrás. Hasta que un día al escuchar nuestra propia voz reconocemos una voz antigua: la de nuestro padre, la de nuestra madre, la de aquella persona que nos cuidó. Y descubrimos que estamos haciendo algo que habíamos prometido no hacer jamás. Entonces aparece una de las preguntas más incómodas que podemos hacernos: ¿Cuánto de mi vida estoy eligiendo y cuánto estoy repitiendo?

La mirada gestáltica nos devuelve al presente y nos proporciona una herramienta que puede ser profundamente transformadora: darnos cuenta, antes, de actuar automáticamente. Porque cuando aparece la conciencia, aparece también una posibilidad que antes no estaba disponible: podemos elegir.

El pasado puede ayudarnos a comprender nuestras respuestas, pero el presente nos ofrece la posibilidad de responder de otra manera.

Quizá sanar sea devolver; devolver responsabilidades, culpas, expectativas, papeles. Devolver a cada uno su lugar, no como un acto de rechazo sino como un acto de amor. Esto es tuyo y esto es mío. Esto te corresponde a ti y esto a mi. Yo soy el hijo y tú el padre. Yo soy la madre y tú el hijo.

Y desde ahí, desde un lugar más ordenado, quizá podamos volver a encontrarnos. No desde la deuda ni desde la necesidad de reparar, sino desde la libertad.

Simplemente hemos empezado a ocupar nuestro propio lugar. Tal vez de eso se trate crecer. De mirar hacia atrás sin quedarnos allí. De reconocer las huellas de los que nos precedieron: agradecer algunas, comprender otras y aceptar el dolor de aquellas que dejaron heridas. Y lo más importante, decidir cuáles queremos seguir dejando nosotros porque llegará un día en que nuestros hijos caminarán sobre aquello que nosotros hayamos construido. Y quizá esa sea una de nuestras responsabilidades más profundas: honrar de dónde venimos sin quedar atrapados allí, pertenecer sin perdernos, amar sin cargar y vivir nuestra propia vida, para dejar, a partir de nosotros, que el árbol crezca de otra… manera.

Para los amantes de la lectura: La historia de una familia, de Michael E. Kerr, nos ayuda a comprender que nuestra familia de origen sigue presente en nuestra manera de relacionarnos y nos invita a mirar nuestros propios patrones con mayor conciencia.

Para los más cinéfilos, dos sugerencias: Agosto, un reparto exquisito donde se muestra una familia en la que el dolor, las formas de relacionarse y las heridas pasan de una generación a otra; Coco, en género de animación, donde una decisión tomada generaciones atrás sigue condicionando la vida de los descendientes.

Foto de Laura Fuhrman en Unsplash

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